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El Fanático (Metacuento, dicen por ahí)

Lunes, Junio 8th, 2009

Tarde era ya en la ciudad, el sol bajaba a medida que la noche entraba.
Sentado y en silencio estaba él leyendo su libro.

“Vengo de más allá -dijo lentamente, muy tieso, señalando hacia el oeste, sobre mis campos-. ¿Ha visto a Bolsón?”

El sol terminó de esconderse y dio paso a la noche, las luces de la ciudad comenzaron a encenderse.
Los niños dejaron la plaza en la que él leía su libro, la llegada de la noche le hizo recordar a aquellos caballeros oscuros de los que leía, el anillo y los magos. Intentó seguir leyendo, pero finalmente se rindió ante la oscuridad del papel. Se levantó del verde pasto ensombrecido, mientras sentía un gran peso sobre su cuerpo. Encantado, de todas formas, por las historias que allí se contaban, siguió el camino entre la niebla nocturna y espesa que caía sobre la ciudad.

Sombras le seguían, a las cuales no les dio importancia.

El ritmo de sus pasos era cada vez más grande, se repetía el sonido de su taco de madera como un eco incesante que retumbaba en los oídos sensibles de los que allí estaban.

Era una calle silenciosa y sin autos.

El soliloquio decía así:

Dulce el momento en que te conocí, mi paciencia.
Que desde ahí comenzaron mis aventuras por la vida.
La esencia en ti encuentro, el equilibrio del todo, el paso prohibido.
Sí, prohibido, dicen. Este es un tema de Magos, Brujos y Gente Oscura.
A fin de cuentas, sólo Dios debería saber qué viene por delante…
¿Pero acaso no será que Dios quiere que yo sea su herramienta?
Aún no soy experto en este arte, así que supongo que sólo él lo sabe por ahora.

Al cabo de un rato de caminar la música inaudible por el resto llenó su cabeza, no así sus oídos.
El conocimiento de cada nota y cada acorde, aunque improvisado, era interpretado en el tatareo primitivo y poco trabajado de nuestro protagonista.

Polillas se levantaban al vuelo con el retumbar de los pasos musicalizados, una que otra araña cruzaba nerviosa las sombras del pasillo entre lo que para ellas era una catástrofe, los pasos y el retumbar fuerte las ponía mal.
Subió la escalera chillante, que resaltaba en las desgastadas luces tungsténicas, la música iba terminando, los instrumentos se guardaban una vez más. El grito se oía subir por los muros del edificio.

Por un par de pasillos más siguió la vía, terminando en la puerta que llevaba la marca de “135”.

-Mellon -pronunció el jóven, Abrió la puerta-.

Dulce era la noche, entre edificios se levantaba la luna, reflejando la luz ausente del sol.
El ensueño de las volutas de humo y el despertar del café oscuro reflejando las aspas atacaban el cuerpo y conciencia del personaje.

Entró en un estado especial.

Se levantó y divisó a lo lejos una figura negra por la ventana de éste, el tercer piso del edificio.
Un grito sordo retumbó en la habitación, las luces se apagaron y las aspas se detuvieron.

De pie seguía asustado, si había tranquilidad en él, no la demostró.

Del velador salió una pequeña araña, que cada vez se hacía más grande y al lector atacó, en el suelo sintió las livianas y peludas patas sobre su pecho, a las sombras de la luna aparecían los caballeros oscuros, el wolframio aún debilitado se veía como un demonio de fuego a lo lejos.

Era un sueño sin luz, el drama de la mente, la reacción química de su estado especial. El castigo por saber lo que no debería, de entrometerme en temas divinos -me contó-.

Y quién sabe, cada lector tiene su punto de vista distinto.

Esas fueron sus últimas palabras.

Hoy sigo leyendo el libro, aún no entiendo realmente por qué le sucedió, pero de seguro el profesor no tenía la culpa.

Tarde es ya en la ciudad, el sol baja medida que la noche entraba.
Sentado y en silencio estás leyendo este libro.